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La Fiesta

 

Todo el país es carnaval:

La consagración xeneize detonó una celebración espectacular, que se repitió en cada provincia argentina.

festejo2.jpg (34003 bytes)De pronto, la Boca explotó. A las 18:27, cuando las radios transportaron el empate final de Gimnasia y no hacía ni tres minutos que la pelota había comenzado a rodar en el segundo tiempo de la Bombonera, el rugida feroz de la multitud tuvo música de consagración. Boca, el Boca de Carlitos Bianchi, era el nuevo campeón del fútbol argentino. Y entonces se sucedieron las postales inolvidables de una tarde única. Una sucesión de pinturas emotivas que ahora, en el instante de la síntesis, se agolpan en la memoria como flashes disparados por una ametralladora.

 

bianchi.jpg (7362 bytes)Y allí está el abrazo apretado en el banco, mientras sus jugadores corrían detrás de la pelota indomable, de Carlitos Bianchi -ya consagrado Virrey de la Boca- con Carlitos Ischia, el Toti Veglio y Julio Santella. El "¡vamos, carajo!" de Guillermo Barros Schelotto, abrazado a Gustavo como lo que es: un hermano. Los ojos brillosos de Antonio Barijho, que vestido de civil se hizo un lugarcito en el banco junto a Gustavo. El puño en alto y enguantado del Pato Abbondancieri, alentando el canto que fluyó instantáneo: "Vení, vení, cantá conmigo, que un amigo vas a encontrar/que de la mano, de Carlos Bianchi, todos la vuelta vamos a dar…"

 

Mientras miles de petardos comenzaban e explotar en toda la geografía nacional, ellos, los jugadores de la hazaña histórica, seguían corriendo. Como si todavía tuvieran que sufrir un poco más para soltar el festejo que nadie merecía más que ellos. Pero había tiempo para licencias, por supuesto. Entonces el Pepe Basualdo levantó los brazos y agradeció al cielo mientras Hugo Ibarra avanzaba con la pelota. Y el colombiano Oscar Córdoba -¡qué atajada se mandó!- se acopló al coro de la hinchada, que seguía desgranando su repertorio. "Ohhhh, soy bostero, es un sentimiento, no puedo parar…", tarareaba el arquero, mientras su padre -llegado especialmente para la ocasión-, su esposa Mónica y sus hijos lo observaban desde una platea preferencial con los ojos inundados por las lágrimas.

¿Famosos en las tribunas? Por supuesto. Las hermanas Callejón, gritando como el que más con la cara- y las curvas- a pleno sol. El actor Jorge Sassi, que se compró un mechón de lana símil penacho de Palermo (costaba 2 pesos). Riki Maravilla, loco de la vida con el nuevo CD dedicado a este título, al punto que no le importó mirar la consagración de parado, en las escalinatas de la platea. Cesar y Mónica, que siempre están. El diputado Fernando Galmarini, que se cansó de pedir la tarjeta roja para Rotchen. Mario Pergolini, con su pequeño hijo vestido de pies a cabeza con los colores xeneizes. Ellos, a su manera, también estaban de fiesta…

Las 40.000 banderitas obsequiadas por los dirigentes flameaban orgullosas, y los disfraces parecían más que apropiados para la ocasión. Desde aquel que se transformó en Martín Palermo -careta de látex mediante- hasta los que se valieron de la más fantástica galería de gorros azul y oro que se hayan visto jamás: con visera, sin visera, con forma de chanchito, con cuernos de vikingo, capelinas, galeras cuadriculadas. Todo, todo valía para asociarse a la fiesta, a la par que el partido avanzaba y se venía el final y lo más esperado: la vuelta olímpica. Esa obsesión que permitió ver algunas postales impensadas. Por ejemplo, a más de un habitante de los selectos palcos VIP con el torso desnudo, tanto para mitigar el calor como para aprovechar la remera y revolearla al compás de los cantitos...

Entró Guillermo y salió Guillermo, aunque parezca mentira. Porque entró el Mellizo y se fue ese atrevido de Adrián. La ovación no tuvo necesidad de explicaciones y el gran momento estaba ahí, al alcance de la gloria...

A las 19:12, cuando el árbitro Daniel Giménez pitó por última vez, volvió a repetirse la explosión. Pero fue más intensa y conmovedora. atronó el "¡"Dale campeón!", irrumpió el "Ya se acerca Nochebuena, ya se acerca Navidad, para todas las gallinas, el regalo de papá". Y para ellos, los jugadores de la hazaña, hubo rienda suelta. Corrió como loco Diego Cagna, el capitán de la gesta, para abrazarse fuerte con Martín Palermo y susurrarle ese "gracias" que ya le había pronunciado en otras tardes de goles heroicos. Apretó los puños Bianchi, admitiendo al fin, ante el micrófono vehemente de la televisión, que sí, ahora puedo decirlo: somos campeones". Se le desfiguró el rostro al Patrón Bermúdez, tan serio en la cancha, tan sonriente en esa vuelta que pugna por ser olímpica y que finalmente lo conseguirá. Allí va el Chicho Serna, subido a la cúspide de un par de hombros, con los brazos en alto y la camiseta número cinco todavía puesta, saludando a la multitud que brama el "Chicho, Chicho, Chicho, huevo, huevo, huevo..."

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Sonríe el Pepe Basualdo, resistido por algunos, amado por otros, entre los que encabeza la fila nada menos que Bianchi. Corre con el torso desnudo el noble Vasquito Arruabarrena, uno de los pocos cracks "hechos en casa". Se anima a soltar el grito el presidente Mauricio Macri, allá arriba, en la cima del palco. Lagrimea Martín Palermo, que por algún lado ha perdido su camiseta y se ha enfundado en un buzo justo un segundo antes de que sus propios compañeros lo levanten en andas. Cierra los puños y agita los brazos Martín, mientras da la vuelta olímpica. También está el Mellizo Guillermo Barros Schelotto, que mágicamente es elevado a otros hombros para que él y Palermo, dos de los símbolos máximos de la campaña, se fundan en un abrazo interminable, intenso...

Después vino el festejo en la intimidad del vestuario, donde los baldazos de agua sirvieron para "bendecir" a los allegados y amigos, los únicos que tuvieron acceso a ese recinto vedado para los periodistas. Que, dicho sea de paso, también recibieron un baldazo de parte de Palermo, instantes antes de treparse al micro de la empresa Flechabus que los devolvió a la concentración.

¿Afuera? Ya había empezado el carnaval. Impulsados por la pasión incontenible, los hinchas inundaron las calles del barrio y, de a poco, se fueron trasladando hasta el Obelisco, portando todo tipo de cotillón azul y oro. En menos de media hora, hinchas provenientes de distintos puntos de la capital y el Gran Buenos Aires rodearon al Obelisco e iniciaron un recital interminable, sólo interrumpido cada diez o quince minutos para cumplir con la vuelta olímpica alrededor del máximo mojón de la ciudad. No faltó nada. Ni las dedicatorias a River y a Ramón Díaz, ni las ovaciones a cada uno de los integrantes del plantel. Ni "el de la mano de Carlos "Bianchi", ni el recuerdo inevitable a Diego Armando Maradona, que lo palpitó desde Italia.

Cuando las agujas cruzaron la frontera de la medianoche, la fiesta continuaba en su apogeo. Desde las radios que algunos habían logrado conservar casi milagrosamente, llegaban las noticias esperadas. Miles de plaza de miles de pueblos estaban en sesión bostera permanente. Miles de padres con miles de hijos de miles de familias estaban entregados al rito tan deseado de la celebración. Era la locura de Boca. La locura de Boca campeón. Una locura que empezó en el césped, se elevó por la tribuna y se desparramó por todos los rincones de un país que no durmió al grito sagrado de "¡Dale campeón!" 

 

¡¡¡Boca Campeón Apertura '98!!!