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Boca Campeón Apertura 1998

 

Boca campeón ante Independiente:

El fútbol es también un reflejo de esos sonidos que nacen del sentimiento. ¡Vaya si lo es! Un campeón, este Boca campeón, entonces, no debe ni puede depender de un partido, aunque haya sido el partido de su coronación, para trazar su imagen. Porque a la verdad del análisis se le cruzan en abierto desafío las verdades del corazón. O la rebelión de la pasión. Y el juego se transforma en una mueca de la fiesta. Apenas el juego es un formulismo que se usa como trampolín para despedir uno y millones de gritos. Y así, afinados o desafinados, se entona el más venerable de todos los himnos, el himno del campeón. ¿Y quién se acuerda del juego?

Al cabo, el fútbol, en estos casos, pasa a ser una simple y rotunda consecuencia del contorno. Del sonoro e inigualable contorno. Y el Boca campeón se sometió a eso.¡No tuvo forma de evadirse! Ni pudo ni supo, porque fue campeón antes, con su formidable campaña. Y fue campeón, además, cuando se sacudió la Bombonera al conocerse el final en La Plata (Gimnasia había empatado con Rosario Central).

Y el encanto de la incertidumbre sucumbió ante la avasallante realidad de ls festejos. La pelota casi pasó inadvertida. Quedó el espacio para los reconocimientos individuales. La jerarquía y madurez del joven Samuel, los aislados atrevimientos de Ibarra, la pureza técnica de Riquelme, los desbordes del Mellizo, los quiebres de cintura del chiquito Adrián Guillermo. Y el inmenso espíritu solidario de Serna, más las tapadas magníficas de Córdoba.

Es que el partido real se jugó en cada peldaño de las tribunas. Los méritos para ganar el campeonato Boca los acumuló en muchos partidos antes que este último. Para noventa minutos en cero, valieron los goles que Palermo metió cuando hubo puja en serio. No en este simulacro. Y valieron los otros puntos, los sumados de a tres, y no el único y solitario que llegó envuelto en forma de regalo para dar la vuelta. La gente supo de eso y renunció a cualquier exigencia. La alegría mayor, suma de todas las alegrías, fue producto del rendimiento del equipo de Bianchi en las fechas claves. Ahí está la cuestión. Ahí estuvo la razón.

Nunca un partido salió tan decorativo como este. Decorativo en serio. Y eso, al margen de la voluntad de los protagonistas. Porque corrieron, empujaron, se golpearon y hasta Toresani se "comió" una expulsión. Pero el fútbol no existió en la dimensión necesaria. Y no importó mucho. Si hasta la hinchada de Independiente aplaudió a sus jugadores por el empate, algo así, como salvar el orgullo por el 0 a 0. Una muestra gratis de lo que es la actualidad de Independiente.

Es tiempo de repaso. A Boca le sobraron recursos para superar a la modesta competencia. Privilegió el orden defensivo, pese a las vacilaciones del comienzo. Resistente atrás, bastante ágil en el medio y sumamente eficaz para definir. Una receta sencilla, carente de enigmas tácticos. El Boca de Bianchi se armó velozmente con conceptos básicos (la solidaridad es un rasgo a elogiar) y respaldado en los triunfos seguidos. A mayor cantidad de puntos, mayor sostén psicológico. Confianza en lo que puede y sabe. Moderación, tanta como la que pregona su entrenador.

Es posible que Boca no deje una gran huella futbolística por este título. Pero es el comienzo de una etapa. Un detalle para no obviar ni dejar escapar frente a tanto exitismo barato. Con una formula "antigua"para los modernosos, cuatro en el fondo, tres volantes de recuperación y asistencia, un enganche y dos puntas (uno por afuera y otro al medio), ganó cómodamente el título. Pero las emociones no se miden por eso, nada más. A la gloria la alimentan los goles, las jugadas, el brillo individual al servicio del conjunto. Boca tuvo algo de eso. Y es un campeón con todas las letras.Un ganador incuestionable e indiscutible. Salud Boca. Salud.

Boca contra Unión de Santa Fe, el partido final:

El éxtasis de la gente, la soberanía en el juego durante la mayor parte del partido, la sobriedad y seriedad para cerrar el campeonato, los infaltables goles de Palermo, la seguridad de Samuel, la riqueza de manejo de Riquelme, un organizador tan pensante como desequilibrante, la presencia de Serna, encolumnados todos hechos a favor del equipo. Y Boca entero, entonces, a través de cada uno de sus apellidos se hizo acreedor con todo derecho a una sentencia: ayer fue el fin del principio. Porque soplan vientos de los buenos para el campeón. Y con este plantel y el beneficio de un título como respaldo es más que una amenaza para sus rivales del futuro. Parece bastante más.

Y por eso, por encima de los cantos atronadores nacidos en corazones agradecidos, ese aplauso de reconocimiento cuando concluyó el encuentro fue la más sincera y estremecedora descarga sentimental que un hincha puede brindarle a sus jugadores. Hasta para emocionar a los ajenos o imparciales.

Poque Boca despachó a las incógnitas en un puñado de minutos. Palermo, desde un lugar en el área donde nunca debe estar libre, embocó el primero, pese a que no le entró con perfección a la pelota. Y enseguida el azar que facilita un disparo de Cagna (rozó en Arruabarrena) y estampa un 2 a 0 definitivo. Y fue definitivo porque a las buenas intensiones de Unión, Boca le opuso sus monolíticos movimientos colectivos y le marcó la diferencia de individualidades de arco a arco. Es posible que en Unión hayan pesado mucho esos goles fulminantes; los efectos psicológicos nunca pueden quedar a un costado de cualquier análisis. Quizas también, se nos ocurre, el morenito Noriega pudo entrar antes para demostrar su habilidad hacia adelante, que preocupó tanto a Traverso, Bermúdez, Samuel y Arruabarrena (inclusive soportaron un gol de Castillo). Habrá habido razones para que el venezolano sólo estuviera 35 minutos en la cancha. Pero este Boca agrandado y seguro pasó facilmente el último test del año con argumentos futbolísticos impecables.

Por esos no hubo tiempo para desentenderse del espectáculo aunque se supiera el final. Los esfuerzos de Unión, encabezados por Cabrol, elevaron la capacidad de concentración de todo el equipo de Bianchi. Y no se descubrió a ningún distraído con camiseta azul y amarilla: lo protegieron con solvencia de Córdoba y obligaron a la atención de Trotta y comañía para evitarle mayores amarguras a Cavallero.

La genuina felicidad de la gente, el equipo yendo y viniendo para cerrar un campeonato sin fisuras. El petit desafío por quedarse con el invicto de visitante de Unión, también fue a parar a las alforjas del Campeón. Cuando el irregular árbitro Giménez anunció que no iba más, se escribió la página que completa la historia. Esta historia de Boca Campeón. Todo lo que se tuvo que decir se dijo, fecha a fecha. Un equipo que nació y se desarrolló en cuatro meses. Y que funcionó, con más o menos brillos, sobre una manera simple pero efectiva: aprovechó lo que disponía y le sacó un campo al resto. Honor al mérito, especialmente, a ese mérito.

Es un sentimiento

Desde Florencia, donde es un ídolo inmenso, Bati le esntrega su emoción al hincha de Boca. El,como un fanático más del azul y el amarillo.

Aunque lo viva a la distancia, estoy tan contento por el título como el mejor hincha de Boca. Yo lo soy de chiquito. Y tuve la suerte de vestir la camiseta y de saber lo que es jugar en la Bombonera, cuando ruge la hinchada. Esa hinchada única y colosal. Ya pasaron muchos años desde que me vine a jugar al fútbol europeo, pero nunca podré olvidar los momentos que pasé en Boca. Por eso vivo ese título como si fuera uno más del plantel.

Si el Clausura del 91 se hubiese definido como se definen hoy los torneos cortos, me podría haber ido con un título bajo el brazo. Porque también era un gran equipo aquel que dirigía el Maestro Tabárez y que tenía a Latorre, el Mono Navarro Montoya, yo… Desde aquella época no había un equipo de Boca que no jugara tan bien. En este momento, en el que me avisan que Boca acaba de dar la vuelta olímpica, me agarra un poco de nostalgia. Pero el sentimiento que más me persigue es el de felicidad. Casi no lo puedo explicar con palabras.

Mi sueño siempre fue terminar mi carrera en Boca, pero tengo contrato por otros cinco años con la Fiorentina, así que no sé como voy a estar para esa fecha. Igual en el fútbol puede pasar cualquier cosa y por ahí, quién les dice. Igual, en este momento me siento feliz. No sólo por mi presente y el de la Fiorentina. También por Boca. Por este Boca campeón. Por su hinchada, única en el mundo y merecedora absoluta de una alegría tan grande como es dar la vuelta olímpica. Y de la manera que la dio. Ganándole a todo y a todos. A lo Boca. Como a los hinca nos gusta. Y yo soy uno más de tantos. Por eso les mando un abrazo grande. Y felicidades. Muchas felicidades.

Gabriel Omar Batistuta